M. Martínez Forega

Si atañe a los labios decir de las dichas y desdichas, mirad en vuestros ojos cómo hablan del saber de los espejos, hablan del tiempo que les queda por mirarse, pero si vuelven hacia el otro la mirada, si dilatan sus pupilas, es porque se admiran de haber visto en otros ojos sus ojos, idénticos, porque así es la mirada del amor: asombrosa y por la luz de los iris iluminada.
Mas preguntad a vuestras manos por qué sin ceder al frío buscan el calor de la piel más próxima y por qué toman del aire las caricias que un día dibujaron, siendo niñas, para depositarlas hoy en el tacto finalmente amado, pues del destino de Eros son las manos el aprendizaje y la materia.
Oíd las gasas, oíd los rasos, oíd la organza... Envolvéos en la música de los atavíos dentro de las odas que dan paso a las lunas a través de las floridas celosías, estrecháos en los lechos que descansan sobre alfombras organdíes y escuchad la voz del viento y de las nubes que os agitan y os ocultan. Escucháos ambos decir las distintas palabras en una misma sola, sed recíproca esponja de los susurros que habitan el amor y escuchad, por fin, no sólo que os amáis, sino que el mundo os ama porque de él sois hijos.
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