21.4.08

Carta al Otro


Pude haberte visto nacer y no lo hice.
Yo no sabía entonces qué era nacer, ni mucho menos qué era morir; hoy, sin embargo, tengo conciencia de tu vida traspasada por la luz; tengo conciencia de tu vida iluminada y he escuchado tu voz tanto tiempo ausente mientras me aproximaba a la muerte sin oírla. Voz de la memoria; voz como un carmen que quisiera recuperar el vacío del recuerdo, acaso un tanto envarado por la ausencia, pero grato, como gratos los ojos que imaginé (mientras caminaban las palabras) mirar al suelo, a las paredes, a los ángulos donde encontrar una sombra que afirmara, más si cabe, la luz, la luz.
La escritura es tan sólo la expectación de una lectura y no deja de ser una ingenuidad añadida a mi larga lista de esperas.
Le queda al ser humano el consuelo de saber que las palabras no se extinguen como la vida, que las palabras sobreviven a la muerte como testimonio irrefutable de sus actos. El libro del corazón, su gramática, nunca traducirá los silencios, los desdenes, no tendrá páginas en blanco donde escribir que el olvido o la incuria dictan esmerados ejercicios de indiferencia de los que todos deberíamos tomar buen ejemplo a la manera de un veneno letal que asfixia todo digno sentimiento entregado sin avaricia ni cortejos: tú escribirías ese libro.
Al ser humano le envanece saber que existen otros seres que guardan todavía palabras para ahondar en las heridas como cuervos hambrientos que, entre picotazo y picotazo, dejan libre una sonrisa de irónica vanidad sabiendo que esos bocados son sólo suyos. Le envanece que tales seres se alimenten de él como de un cadáver, pues tanta vida advierten a su alrededor que han de preservar los aromas del bálsamo, las gasas, el azol, el agua tibia para los vivos que por ellos se desviven. Le envanece porque siente que aún ejerce sobre los ánimos el influjo de saberse vivo, que disponen de él como del blanco perfecto donde dirigir sus cuchillas más afiladas sin queja que llame su atención, un blanco agónico cuyos ayes se confunden con sus palabras, con las dichas y desdichas sin que sus oídos, absortos en el mundo de su sordo egoísmo, hagan hueco resonante: tú tenderías sobre mí esa loriga porque de nada te envaneces.
Durante un tiempo, yo sufría así las agresiones. Era así agredido y mi única respuesta posible era la estupefacción porque no las comprendía. Cuando te vi dado por fin a la luz, yo era un blanco agónico, en coma. Pero encontré en tus ojos el vislumbre de otro mundo truncado por el chantaje de otros seres inconmovibles. Poco antes, en medio de la borrasca, me mostraste tu placer de arena, una isla discretamente construida para salvarme transitoriamente del naufragio, y allí acudí deprisa a recoger tu último presente, que no olvido: tú mismo, el Otro, unívoco y distinto. Sin embargo, nunca bebí el agua fresca de tus iris. Sigues siendo una promesa, un símbolo que daría pábulo a la narración de una prolongada incomparecencia. Pero no sólo; eres también el sello que cierra el cofre de los deseos insatisfechos: una realización futura, un futuro guardado por el polvo del tiempo que nos perfila.