

Ignacio Escuín estuvo brillante. Su lectura rayó en el grato rapsodismo, lo cual le viene muy bien a la poesía; pero, además, eligió sus textos más próximos a un lirismo cercano, dejó a un lado la distancia, embocó de cerca, desde el punto de penalty, y empezó a meter goles por un tubo, más que «El buitre». Esos balonazos iban directos al corazón, pero sin engaños. El portero, simplemente, quedaba paralizado, haciendo una estatua imperativa porque no era el embaimiento del gesto, sino la simple mirada lo que le sobrecogía. Hubo un encendimiento en la grada, la apoteosis lanzada a la red, un fuego espontáneo, una combustión del ánimo, una rendición a la palabra buida, exacta, con toque, sin perífrasis inútiles (sin enfáticos regates que terminan en un insulso y decepcionante fuera de banda, quiero decir). Y allí, sobre un césped lucreciano, se tumbó el amor para afilar la lengua con metáforas que hacían de la guerra de las multitudes un combate singular. Pero también Escuín se quitó la camiseta para mostrar el pecho, el tatuaje del pecho, y rendir pleitesía a la memoria, al hálito censor tan necesario y señalar que era él, él, quien lo decía: Ignacio Ecuín, más elegante incluso que Carlos Lapetra.
Cuidado con el Perro: Omnia vincit verbum. Si, además, ponemos música a este latinajo certero, nos topamos de frente con Cave Canem, donde la sílaba nasal lanza de inmediato un eco de campana gruesa, de badajo lento y armonioso, rítmico, pendular que vierte en los pabellones un aire cálido y pautadamente modelado. Tiene este dúo un qué sé yo de moderno clasicismo, un arrojo culto fundado en sus escorzos verbales y en su sabiduría musical: piano, voz, piano, voz...; voz, piano, voz, piano... agudos y llanos (es decir, inteligentes y modestos, como las secuencias tetrasílabas y trisílabas de ese ritmo versicular). David Guillén y Rafa Sanemeterio disponen así de una afición cuya lealtad está fuera ya de toda duda, una afición esdrújula, tónica y, por lo tanto, acentuada en su gusto, agudizada en su oído y son-ética. Tienen un no sé qué de atracción, un busilis —diría Galdós— que arrebata y que solicita más dedos y gargantas, plus des doigts et des gorges —diría Marcel Duchamp—, pero no más de dos: la voix et le piano, como atestiguó Claude Debussy para sus Chansons. Esta noche, con actitud, Les Champs Élysées sonaron a francés lombardo quizá por aquello de que fue María de Medicis quien decidió poner árboles a un camino en medio de un campo, pero sonó a francés. El Perro ha paseado elegante y sincero por entre los troncos, marcando incuestionablemente su territorio, incluido el arco del triunfo.




