31.1.09

No hay labios como tus besos: ...y 7 (coda completa)

Queridas amigas:
He pensado que quizá haya algunas (¿cómo lo veis?) mujeres dispuestas a besarme concediendo a su gesto el valor más personal y, a su elección, uno (o varios) del heterogéneo abanico de matices donde escoger. ¿Qué me decís, mujeres a partir de 18 años?
Pero, ¿por qué este de sopetón inicial?
Porque se me acaban los argumentos. Es mucho decir que estoy "escribiendo" un libro, pues esto de escribir es siempre una conjetura sujeta a múltiples contingencias. A mí me ha pasado: deslizándome por la pendiente de la ideación, he llegado al término de mis ideas. Creo haber agotado las apotegmas, la iconografía, los símbolos, la incursión en un cierto decadentismo e incluso la transcripción falaz de una supuesta realidad reconocible en la palabra pero más sospechosa aún de ser atestiguada en la experiencia. Se me ha acabado el silencio, el concepto, el minimum minomorum expresivo, la hibridación estilística, la radiación lumínica del bombillazo en el bus o en el inodoro. La relación catalográfica de los hechos (ese pseudoperiodismo recurrente) también la he agotado; la descripción de la obviedad, la pretendida epifanía del interior conflicto y hasta el secular misticismo onanista.
Ahora, que ya soy mayor, que he visitado esporádica y muy brevemente los cimientos de las torres de Nerval y de Nietzsche y la atalaya de Montaigne, ¡necesito carne! He rebuscado en Gracián, en Stirner, en Hölderlin, en Novalis, en Celan y Holan, en Góngora y Spinoza; acudido a Leibniz y Hegel, Aristacles y Virgilio; he pedido ayuda a Garcilaso y al espurio Ossián; Girondo me ha dado la espalda; Valéry me ha dicho que vuelva luego (no sé cuándo); Borges se ha quedado conmigo. He enviado cartas a Chatterton, Dickinson, Bataille, Biedma, Goethe... y unos cuantos e-mails a De Cuenca, Colinas y Guinda... Me he dirigido, pues a los "verdaderos" dioses. Sólo Hermes me ha respondido, y ya se sabe cómo las gasta este inclemente secretario: enigma o silencio.
No sé hasta qué punto es conveniente revelar los secretos de la escritura, de la escritura física, de la obra coyuntural en construcción y esas cosas que se aducen cuando uno «está escribiendo un libro». Por pudor (otros motivos nunca llegaría a comprenderlos), no se dice sino a unos cuantos amigos muy allegados (yo no suelo decirlo ni a ésos); sin embargo, ¿qué razón existe para ocultarlo? —me pregunto. El quid radica en el sustantivo, en el objeto directo «libro»; éste es la máxima conjetura por su incertidumbre y porque lleva aparejada cierta pretenciosidad que el rubor se obstina en esconder.
Pero ahora tengo hambre. Tengo hambre. La continuidad de «mi libro» depende de unos cuantos labios para mis besos (da lo mismo decir unos cuantos besos para mis labios): Labios es el título de mi libro y, obsoleta la inextricable planta piloto de la invención, resulta en estos momentos imperativo acudir a la tangible realidad, la que proporciona un plus que vrai a la experiencia para extraer de ella razones (otras razones) para continuar escribiendo ese libro.
No deja de ser un experimento en el que la realidad, la praxis estética y el motivo pueden contribuir, en su morfología performáncica, a la construcción de un objetivo del que se excluye el fundamento moral, pero que sustenta —creo— una notable carga dramatúrgica elemental y formal; es decir, escenográfica, sin acotaciones (en todo caso, la acotación sería este texto mismo), con la salida simultánea de los dos personajes a un escenario nunca el mismo (o sí), sin palabras; sólo gesto, un gesto cuya definición esencial es "hermoso". Un beso...