29.1.09

Leonardo Sciascia: la Inquisición y el hombre


El ser humano, aun condenándose, se ama. Y por amor a sí mismo entiendo el drama que manifiesta el combate de la conciencia en busca de una verdad intuida, vislumbrada o nítidamente advertida por encima de la cláusula, de la Ley falaz o de la social costumbre. Verdad es que sólo asomarse a semejante umbral queda reservado para quienes desde su propia voluntad inteligente corren el riesgo de aquella condena para mostrar otra evidencia aún: la catadura ética de quienes los juzgan. El resto somos los llamados pusilánimes. A este respecto, recuerdo al gran Leonardo Sciascia, amante de España hasta su muerte y contra cuya tradición teocrática opuso el emblema literario —y verídico— del héroe que he pretendido referir. Y recuerdo a Diego La Matina, clérigo, que, en Morte de l'Inquisitore, personifica el ejemplo vital de la rebeldía en pos de la libertad de conciencia por cuya conquista justifica el ajusticiamiento de quien la obstaculiza. Para La Matina ese impulso vital se convierte en pasión y escapa a la consciencia del mandato religioso. Hasta el momento de la acción que cuesta la vida al Inquisidor General, fray Diego muestra una resistencia dentro de los límites tolerables impuestos por su condición; muestra una voluntad acaso dispuesta intelectualmente. Pero el impulso inmediato que le conduce a la acción final no es producto del esfuerzo sistemático de una conciencia cuya reflexión ignora el mal, sino de un repente exaltado y regido por el azar, jamás liberado de los datos de una meditación inconexa. Como ha dicho Georges Bataille, el ser no está abocado al mal, pero, si puede, debe no dejarse encerrar en los límites de la razón. No cabe duda de que fray Diego La Matina admite implícitamente en su actitud la existencia de una parte maudite en la que se manifiesta más el hombre que el clérigo, más el héroe que el siervo, más la conciencia que la disciplina, más la justicia que la obediencia. Encontrar esa verdad vital, definitoria de nuestra única regla es amarse a sí mismo, a pesar de las palabras de Baudelaire: «No es posible amarse sin condenarse.»