29.1.09

Gongorismo


Luis de Góngora y Argote (Réplica de Ángel Aransay -1983- del célebre retrato
del poeta realizado por Velázquez)


«Con unos pocos libros libres (libres digo / de expurgaciones paso y me paseo, / ya que el tiempo me pasa como higo». Cualquier allegado a las actitudes «postmodernas» no debería ignorar (hoy todo es «forma» y no me refiero, desde luego, a ésta cuando escribo); debería rebuscar en su conciencia para ver si encuentra lo ya hallado, y hollado luego en las arrogantes advertencias literarias. Tampoco escapa a este juicio endeble lo que pasa —y de lo que se «pasa»— en la calle. Los versos de Góngora que cito no sólo encierran el hallazgo en 1610 de una actitud que la década de los 80 (1900) «inventó» para oponerse y censurar a la censura.
El pasotismo de don Luis tiene en su raíz un generador crítico que, como hoy, perseguía una salida fuera de la realidad circundante. El terceto pasota dice mucho, aunque sabido es que Góngora, además, busca en los valores simbólicos de su obra la fuerza que veía insuficiente en la dirección política de España, mal endémico de nuestro caos y una de las causas por las que sufrió la agria e injusta persecución de la crítica y de la censura y por el que se le negó el pan y la sal en la Corte (y en ello Quevedo mucho tuvo que ver).
Su inconmovible esperanza no le proporcionó el éxito «social», pero hizo del poeta un buscador errante que a cada frustración acrecentaba su amargura, su soledad, su rigor crítico. La mueca irónica era un gesto de «desencanto», la confirmación de su ostracismo inducido por el tráfago burocrático de Madrid.
Esta certidumbre es el motor que pone en marcha todo el mecanismo de renuncia, de denuncia y de rebelión: liberar el espíritu como componente íntimo necesario en todo proceso reivindicador, digo capitulador.
Frente al redicho mensaje de las políticas de estos días; hoy, en que se nos pide la cíclica y coyuntural solidaridad en favor de la praxis del Estado; hoy, precisamente, es más necesaria la diversificación, ser UNO frente a Él. Por eso me uno a Góngora, a la osadía de su pasotismo amargo y genial para reclamar el buen sentido del capitulador egoísmo, pues «No espero en mi verdad lo que no creo...»