21.6.08

20 años de la Librería Antígona

Veinte años han pasado. Y en absoluto me deprime esta consciencia del tiempo transcurrido. Por una vez, la retórica de la pesadumbre ha hecho mutis por el morro, y se lo debo a Pepito. Le debemos todos a Pepito que Zaragoza (tan poco pródiga en tantas cosas, y, más, en este asunto de los libros) haya sido otra con Antígona abierta. Se lo ha currado; se lo han currado Pepito y Julia. Pepito estaba detrás del mostrador de la Librería Muriel de Alfonso Sánchez, allí lo conocimos muchos, y allí nos sugirió mucho. Con algo de escepticismo (ya sabéis: en España no se lee y en Zaragoza menos), asistimos a la apertura de Librería Antígona en Pedro Cerbuna, 25. Era Pepito quien la abría; había dejado la Muriel y se arrojó al abismo. Pero en la pared del precipicio comenzaron a crecer arbustos que él mismo seminaba con sabiduría, tacto y una gran capacidad selectiva. Pepito tiene, a mi juicio, una virtud sobre todas: su afabilidad. No es poco ni moco de pavo esto que digo y, además, la armoniza con otra no menuda: en una sociedad en que la información ha suplantado a la cultura, Pepito es un librero culto. Y no le falta información; por mejor decir, posee una excelsa memoria y es lector con todas las letras. Le basta con echar una ojeada a la fisonomía lectora de cualquier cliente para arrojarle a los ojos el libro que estaba esperando y cuya aparición, tal vez, ignoraba.
He visto crecer a Violeta en estos años; a Eloy y sus escaramuzas ácratas (por cierto, que ha salido con la tarta de las veinte velas en la mano, tocado con un casco de bobsleigh, y he advertido al personal: ¡vámonos, que hoy arde esta plaza por los cuatro costados!), y he visto a Julia a la altura de su Tebas libresca durante estos años.
Es ahora, en esta fiesta que acabo de abandonar en el café Odeón, donde el aprecio y la amistad mutuos han dado un golpe de mano al escepticismo y a la insalubre rigidez de los pusilánimes. La hipérbole es correcta: estábamos todos. Y Pepito, y Julia, anfitriones con una multitud de agradecidos Heracles dentro y fuera del café, nos han deleitado. Pepito incluso se había afeitado, y Julia lucía una encantadora melenilla a lo Amelie.
No voy a citar cuántas presentaciones, cuántos autores, cuántos libros, cuánta agitación literaria ha vivido la Zaragoza antigónica durante estos veinte años, pero sí que nos hemos encontrado allí tres generaciones de lectores, de autores, de exégetas, de docentes... J. L. Melero, M. Á. Ortiz, L. F. Alegre, Á. Gracia, P. Peris, Á. Sobreviela, B. Ascoz, L. Miñana, F. Sarría, M. Á. Yusta, M. Barbáchano, M. Serrano, C. Bernués, L. Villanueva, I. Magriñá, M. Vilas, M. Á. Naval, "Pierre", K. Járboles, R. Melendo, L. M. Remón..., y un mogollón más de personas que no conocía devorando abundantes canapés regados con vino del buenísimo y cava a porrillo. Y postres riquísimos envueltos en pétalos de rosas, en su esencia y en su contingencia.
Felicidades, Pepe; felicidades, Julia. Y, sobre todo, gracias. Seguid así, como estamos seguros que seguiréis. Y dentro de otros veinte años nos jalamos otras tantas trufas, con Eloy —espero— convertido ya en agitador irreductible.

(La pintura de Antígona es de Frederic Leighton).

2 comentarios:

Miguel Ángel Y. dijo...

En verdad fue magnífico. Como tu crónica, Maestro.
Abrazos risueños.

Anónimo dijo...

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