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15.2.09

No hay labios como tus besos: 1ª coda






Bueno, amigas y amigos y público en general: mi gratitud por vuestra participación, por vuestra presencia y por el ánimo que supuso veros a todos allí. Me sentí no sólo besado, sino acompañado, arropado y conectado a un experimento que, gracias a vosotras, cumplió sus objetivos: uno, someter a prueba aquellas capacidades que nadan a duras penas en un mar de dudas (con esta imperiosa contingencia sé que muchos no estarán de acuerdo); otro, dotar de veracidad a la experiencia. La experiencia que, usada como sintagma preposicional, califica lo incalificable, revela lo irrevelable postpuesta a una corriente que sí es sustantiva: la poesía. Decir "poesía de la experiencia" es lo mismo que decir, por ejemplo, "el agua es líquida", o "la tierra es elíptica", o "la sangre es roja". Definiciones inútiles y viciosas. Tautologías que descerebran el pomposo solio de la intelectualidad que lo sugirió e insultan la inteligencia de un elemental receptor. Decir "poesía de la experiencia" es afirmar lo que en sí misma es. Sobra, por consiguiente, el sintagma prepositivo. ¿Cuál es el argumento de la poesía? La experiencia, naturalmente, es el argumento de la poesía; de toda poesía, de la Poesía, del género. Cualquier ensayo delimitador, toda nomenclatura conceptual en este sentido busca acotar perversamente los intereses de unos cuantos, vedar el círculo morfológico, restringir las cotas formales y plegar las aspiraciones poéticas a una sola propaganda modal.
Siguen, pues, siendo rabiosamente actuales (aunque las dirigiera a otra generación de poetas) las palabras de Leopoldo María Panero: poesía de la experiencia es viciosa invención —y cito a continuación las palabras de Panero— "de unos cuantos malos poetas de universidad que, aprovechándose de la incultura de este país, van dándoselas por ahí de grandes hombrecitos."
Ayer, con un poquillo de pretenciosidad y un muchillo de ludismo, quise con vuestros besos abandonar el fanum conceptual y salir de él, convertirme junto a todas vosotras en uno más de los profani y ponerme manos a la obra profanando el sacro imperio de la pospostmodernidad. Ésa fue la primera parte; la constatación de la "experiencia" tendrá su conclusión material en la composición de tantos textos como besos. Me he puesto condiciones —como la técnica laboratoria exige— y me he sometido a la dura "experiencia" de no visionar las imágenes que se grabaron para que la "experiencia" sea la que debe ser: el resultado de un proceso experiencial en el que sólo la sensualidad (un conjunto de sentidos aleatorios) dé con su final determinación empírica. No obstante, lo tengo fácil porque fuisteis, en vuestra generosa colaboración, diversas, heterogéneas.
Viva la polimorfía de este juego dispuesto para la gravedad, y al carajo con las descontextualizaciones interesadas extraídas por unos cuantos usureros del viejo texto de Robert Langbaum (1).


(1) The Poetry of Experience (The Dramatic Monologue in Modern Literary Tradition), 1957.

23.8.08

Leopoldo María Panero: Poesía y prosa







Después de haber cenado con Ortiz Albero, Miguel Serrano, Ángel Gracia, Teresa, Vicente Rubio, Brenda Ascoz, Jesús Jiménez, Raquel y Ángel Guinda y reavivado a Rothko y a Pollock, a Oldenburg y Katz, a Klein y Gorky, a Motherwell, a Tom Wolff...
Odio a Rothko, odio a Pollock, odio a Motherwell, odio a Achille Gorky, a Klein, y a Jack O'Hara, y a Greenberg. ¡Mecagüen la leche! Y me los han colado en la cena, sobre todo me los ha colado el Gracia. Un día de estos subiremos al ring él y yo, a ver qué dice entonces. Pero revivimos a dos Miguelángeles: al Longás y al Encuentra, y sus gratísimos recuerdos siempre divertidos, muy humanos gracias a Gracia. La mesa se llenó de anécdotas guindescas (estos paseos por la memoria prestan el significado auténtico a las sugerencias de Bergson: la vida como un álbum fotográfíco (instantáneas) de palabras, álbums que se intercambian y que nos devolveremos el próximo día) adornadas con algunos pasajes de Panero. Fue una cena, a la postre, paneroica.
Y el Panero más revelador, el iconoclasta, el tránsfuga de su generación, el Panero más escatológico, el fijador de los estremecimientos de la virtus, el libidinoso, el inimitable ejemplar, el modelo del amorfismo, el poliontólogo... Todo esto y más he visto y escuchado esta noche en La Campana de los Perdidos de Zaragoza en la voz y los gestos de El Silbo Vulnerado, en la voz y los gestos de Luis Felipe Alegre y Carmen Orte. Carmen ahondaba en las miradas con las cuerdas suavemente quebradas como olas en los placeres y un sonido enaltecido por la voracidad excelsa de sus ojos.
Lo decía Guinda —y tenía razón—: «Luis Felipe gana con los años». Gana en el escenario, gana en dramatización, gana en transmisión, el mejor conductor de la electricidad de las palabras; con gomina o despeinado, calmo o alterado y con cuatro chismes por toda tramoya, monta un espectáculo hondo, con plomada, buscando los fondos, encontrando al necesario receptor de un señuelo irresistible. Esta noche le brillaban los ojos con cada sintagma, en cada enunciado, en cada pauta que hacía del silencio su afirmación; embutido en negro (como alentaba firmemente Neruda), pausado en un espacio incómodo que Luis Felipe convertía en mayestático escenario, y tan cerca, tan cercano a nosotros, nos prendía del hilo irrompible de la voz. Por él, un Panero veraz, un demiurgo en carne izado, reconocible de inmediato en su encarnación dramática.

Las fotografías son de Forega (Brenda Ascoz, Á. Gracia + M. Serrano); César Sánchez Vázquez (Ortiz Albero); Nati Saura (Forega + Guinda).

12.8.08

El Silbo Vulnerado y Leopoldo María Panero

















20, 21, 22 y 23 de agosto, en La Campana de los Perdidos (Prudencio, 7) de Zaragoza, El Silbo Vulnerado, con Luis Felipe Alegre y Carmen Orte, presenta "El Traficante de Palabras". Poesía y prosa del acaso mejor de los novísimos; desde luego, el más radical: Leopoldo María Panero (Madrid, 1948).
Las sesiones comienzan a las 22 horas el miércoles y jueves, y a las 22,30 horas el viernes y el sábado.
Luis Felipe Alegre es uno de los más entusiásticos defensores de la obra de Panero y es, además, uno de sus mejores conocedores. Así que las noches están servidas.

En el silencio un áspid
muerde tu cuello: y cae

la ceniza del cigarrillo sobre el poema.


(Piedra negra o del temblar, Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1992)

(La fotografía de Panero está tomada de la contraportada de ese libro, en la que no consta autoría).