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12.12.08

A un joven griego (y no es el de De Villena)



Vi ayer, en la Plaza de España de Zaragoza, a un grupo de jóvenes movidos por el péndulo de la saciante noticia de la muerte a manos de la policía helena de Aleksandros, un adolescente griego de 17 años abatido por una bala "rebotada". Una muerte, al fin y al cabo, joven e injusta, que, como la de Génova o la de Göteborg, se quiere meter a escobazos debajo de la cama. El terrorismo de Estado acude siempre a este tipo de argumentos y siempre defiende a sus homicidas, un grupo muy numeroso entre los que casi siempre hay uno al que, de vez en cuando, se le escapa una bala o un porrazo en mal sitio para sembrar el terror. Aquella explicación me recuerda a las mismas que exponía el régimen franquista cuando alguno de sus sicarios grises disparaba al aire y morían tres manifestantes (jamás se había conocido arma tan eficaz). Las minorías críticas son un peligro para los Estados y son perseguidas y reprimidas con desmesurada severidad. Conocemos muchos ejemplos recientes que se dan, precisamente, en sociedades "libres" y "democráticas".
Si aquel grupo que refiero lo componía un número no superior a 30 personas, frente a él, junto a los porches, había cinco policías nacionales y cuatro locales; a la vuelta de la esquina, a la puerta del Palacio de Sástago, había otros cuatro policías nacionales, a los que habría que añadir todos aquellos camuflados y unos cuantos más de paisano. Es decir: el número de policías (en apariencia indiferente, pero ortodoxamente armado) casi igualaba al de manifestantes para controlar y disuadir a una máxima minoría que se escudaba tras una pancarta denunciando la muerte del joven griego y ejercía su legítimo derecho a la concentración, manifestación y libre expresión apoyados en sus gargantas, un megáfono y no poca beligerancia ética. Tales eran sus armas.
Entre tanto, nos asaltan las noticias de mujeres muertas a manos de asesinos incontrolados o pésimamente controlados ante los que la policía del mismo Estado dice "no poder hacer nada" debido a su imprevisibilidad. Yo creo, más bien, que debido a la galvana, a la mala gana, a la desidia por atajar un problema que no crea (aunque sea alarmante) ningún conflicto social ni pone sistemáticamente en la calle en entredicho la desviada moral de un Estado que debe velar imperativamente por la seguridad del segmento más débil de su población en semejantes circunstancias. El número de mujeres muertas a manos de sus agresores supera con creces, desmesuradamente, al número de muertos a manos del terrorismo convencional. Pero este otro tipo de (no me cansaré de repetirlo) terrorismo no llama tanto la atención, sencillamente porque no es el Estado su objetivo.

9.10.08

Aldabonazo


Ayer asistí a un hecho que sólo recordaba mi memoria infantil. Llamaron a mi puerta; abrí. Un señor de unos 60 años, austera, pero dignamente vestido, como dignas fueron sus palabras y el valor de pronunciarlas, mirándome con franqueza a los ojos, disculpándose a la vez, pronunció una frase que martillea el corazón y la conciencia: "vengo a pedir; tengo grandes dificultades y ninguna posibilidad, salvo ésta, de superarlas". Educado, escueto y sincero. Sólo sus manos entrelazadas por delante, a la altura del vientre, mostraban cierta sumisión incómoda haciendo presa en su rubor.
Con diez, once, doce años, recuerdo la relativa frecuencia con que las puertas de los pisos de la calle Lausana, 3, donde viví, se abrían para atender a la pobreza. No parece haber cambiado nada. Entonces, abría mi madre la puerta; ayer la abrí yo. Han pasado cuarenta años para llegar otra vez a la conclusión de que una de las tradiciones sociales más arraigadas es la pobreza. Se sostiene contra el viento y marea de los grandes capitales y de las grandes fortunas en una sociedad que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres; más débiles a los débiles y más fuertes a los entrenados espuriamente.
Ahora dicen que los bancos las están pasando canutas. Los bancos, cuya avaricia les ha roto el saco y que delinquen por hábito, tienen en el Estado el pecio (no el precio) donde agarrarse flotando sobre los impuestos de los trabajadores. Yo digo, como el proverbio, que "más tiene el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece". Pero éste sólo puede lograrlo, y milagrosamente, jugando a la Primitiva.
¿Cuándo se van a gravar severamente las plusvalías que obtienen las petroleras con la fluctuación del precio del crudo? ¿Cuándo se van a sancionar de un puñetera vez los cobros irregulares de las operadoras telefónicas y sus prácticas delictivas? ¿Cuándo se va a meter en la cárcel a todos esos ejecutivos chorizos que tienen hasta siete sumarios judiciales abiertos y todavía presiden consejos de administración de entidades con brutales beneficios?
Comprenderíamos perfectamente que aquel señor que llamó a mi puerta, en el grado extremo de su indigencia, descalabrara una noche la luna del escaparate de cualquier comercio para llevarse a la boca una barra de pan, una manzana, una paletilla de serrano, un abrigo para regatear este invierno al cierzo que cala hasta los huesos... Al día siguiente, estaría en chirona. Seguro que esa estúpida y perversa moral que nos dicta la "razón de Estado" nos convencería de la pertinencia de su prisión. Y aquí no habría pasado nada.