"Si así lo quiero, reír es pensar". En esta frase de Georges Bataille se encuentra buena parte (la mejor) de lo que me gusta hacer. Me encojo de hombres. Licencia Copyleft Creative Commons
11.3.11
28.1.09
La Banda L'Ámbar

29.11.08
13.11.08
9.8.08
Los poetas tienen la palabra. EXPO Zaragoza: Gabriel Sopeña
El miércoles 13 de agosto será Gabriel Sopeña el poeta que intervendrá en el ciclo Los poetas tienen la palabra. Como siempre, a las 17 horas y en el Pabellón de Zaragoza. Leerá sus poemas, pero también nos contará cosas de su barrio de Casablanca.(La fotografía es de Daniel Loewe/Zoom)
6.4.08
Presentación de "Con el sueño cambiado" de Octavio Gómez Milián
M. Martínez Forega
Noche en “El Páramo” el día 4 de abril. Esa noche cambié, como muchos, el paso y me dirigí con unos cuantos amigos a escuchar a Octavio, que –decía- se presentaba ahí Con el sueño cambiado. En realidad, lo cambió todo. Vino con nosotros María, una gelleguiña recién llegada a Zaragoza para toparse con cosas buenas. Pero Octavio dijo: voilà! y añadió that’s all! Para dejar paso a toda una serie de bandas que sonaban de puta madre. No recuerdo sus nombres (hablábamos y hablábamos y mi único oído bueno debía atender a dos bandas); el muchacho que comenzó la seriada noche magnificó su voz con rasgueos y melodías entre Neil Young y Don McLean, y luego apareció allí un grupo que hacía un rythm’n blues cojonudo; me abandoné a su potente sonido y a una armonía que hacía tiempo no escuchaba, claro que mi primera sorpresa nada más llegar a ese garito fue escuchar el Can you ear me knocking de los Stones, que me abrió en canal, de manera que lo que siguiera tenía que ser necesariamente bueno. Y esperando, esperando que Octavio apareciera, quien apareció por allí y por sorpresa fue Pilar Peris, con su boca perfecta, con sus labios en mis ojos, y mis ojos dando tumbos por la barra. Y Octavio sin aparecer (¡maldito reciario de Cortázar!). Pepe Montero y yo ya llevábamos un buen rato esperando, ¡eh!, y yo ya le había dado ya un par de meneos a unas empanadillas que nadie se atrevía a tocar; bueno, lo hizo primero –creo- Ingrid Magrinyá justo antes de liarse uno de esos cilindros perfectos y extremadamente lineales que es necesario mirar dos veces para verlos; su gesto diluyó mi pudor. Octavio seguía sin aparecer; de hecho, dejé de verlo, ni siquiera su cabeza asomaba entre todas las miniaturas allí concentradas. Así que nos fuimos. Durante el trayecto de regreso a mi casa de Conde Aranda, regalé hasta cuatro cigarrillos; fue una noche completa en todo: nunca me habían pedido en la calle tantos cigarrillos; nunca llegué sin tabaco a casa. Todo había cambiado.
