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6.9.08

Tipología



En la Noche de juglares de ayer en el Pabellón de Zaragoza de la EXPO—que comenzó con una décima compuesta por Luis Felipe Alegre en defensa del poeta, del juglar, y velada crítica (velada para los despistados; nítida para los inteligentes) sobre el trato indiferente de la Administración "cultural"—, hubo para lo clásico y para lo moderno (que, ahora, resulta ser lo clásico, como siempre ocurre en esto del vaivén cíclico de la estética). Hubo para lo clásico con Arelys Espinosa y Carmen Orte en la guitarra y las canciones; para lo moderno clásico (permitidme la autocita) con los poemas decadentistas de mis Labios y la firme apuesta por la recuperación de la preceptiva con mis Bombas fúnebres. Y hubo para lo de siempre que, como una corriente subterránea desde el primer barroco hispánico (todos tenemos a Quevedo en la cabeza; pero no nos engañemos: Góngora también, y Vélez de Guevara, y Cervantes, y Juan Rufo, y, luego, los Moratines, padre e hijo, y Torres Villarroel, y, más tarde, Larra, y Vallé-Inclán...) sigue conservando el atractivo satírico del tipo. Carlos Malicia y Ernesto Cossío (que es otro "tipo" estupendo) nos entregaron el retrato acabado del tonto, la fea, el sastre, el consumidor cumpulsivo, el guiñotero... con esas letras de inteligente y virtuosa construcción que parece imposible poder darles ritmo, ni meterles el diente de la armonía.
Lo pasé de puta madre arriba y abajo. Eché de menos a Javier "El Clemente", aunque me encontré con la Lolita, una amiga del curro, amante como pocas de los versos, acompañada de su Julio en septiembre.
¡Viva Luis Felipe! Porque no sólo da lo que tiene, sino que, encima, lo entrega con generosidad, gusto y arte con su Silbo Vulnerado.

Las fotografías son de Alba Martín Saura.

13.6.08

Noche de Juglares III

Otra buena noche en el parque Delicias de Zaragoza. Noche agradable, además, sobre la que se irguió la figura americana de Rolando Mix, excelente lector de textos, sin afectación ninguna. Rolando Mix hubo de exiliarse de su Chile, tierra sangrada a tiro limpio de dictaduras. Rolando, con su palabra desnuda frente al creciente cuarto lunar que lo coronaba, vació su tarro esencial con voz de melódica lectura, haciendo sonar el hermoso léxico de aquellas latitudes: la vicuña y la chusca, lo andino y lo desértico, y también recordó a los amigos asesinados, "una mancha de sangre cada uno de sus nombres". Y los recordó para no olvidar. La alta figura de Rolando nos envolvió entre sus brazos elegantes, nos atizó y nos acarició. ¡Bravo por Rolando!
Como se esperaba, Carlos Malicia dignificó la sátira con sus letras inteligentes y excelentemente construidas porque contienen no sólo la pura ironía del bosquejo textual, sino —y sobre todo— porque encierran toda la verdad esperpéntica, valleinclanesca, imprescindible en este estilo en exceso marginado. ¿Será porque actúa de revelador crítico y nadie, en principio, está a salvo de la parodia? Es cierto: en cada tipo reconocemos algo o a alguien, y eso asusta. Lo acompañaba Ernesto Cossío, con sus punteos ágiles, con sus ecos bluseros. Y, en fin, que me parece realmente difícil armonizar la música con esas letras tan narrativas; Carlos Malicia lo hace, sin embargo, estupendamente: fácil, ameno y elegante.
Luis Felipe leyó uno de los artículos con que Juan Bolea colabora asiduamente en El Periódico de Aragón, y lo leyó para denunciar lo que ese artículo explícitamente decía y lo que entre líneas se omitía. Juan Bolea lanza más de una puya contra determinados representantes de la cultura aragonesa sin citarlos; Juan Bolea quiere pasar la página de una hipotética anacronía intelectual aragonesa; Juan Bolea manifiesta su animadversión hacia aquellos que, según él, fingían estar en la vanguardia social reivindicativa, y, entre otras lindezas epitéticas, los llama casposos, y todos son de izquierdas. Juan, querido amigo: creo sinceramente que te has pasado. Como buena esposa adúltera, la que finge en realidad es la literatura; pero las personas, si fingen en asuntos tan delicados, en seguida se les nota la cojera y, entre la izquierda aragonesa, apenas he visto yo patapalos, pese a que abunden en la literatura aragonesa los piratas.
(En la fotografía: el escritor Juan Bolea).