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23.2.09

Lola Editorial cumple 20 años


El próximo mes de marzo, Lola Editorial cumple veinte años. En este tiempo, sus colecciones "Cancana" y "Libros de Berna" de poesía y "Cantárida" de ensayo han dado a conocer a autores aragoneses fundamentales (Mariano Esquillor, Ángel Guinda, Rosendo Tello, Gabriel Sopeña, Ángel Petisme, José Verón Gormaz, Fernando Ferreró, Joaquín Sánchez Vallés, Emilio Pedro Gómez) y otras voces nuevas (C. Dolores Escudero, Benito Muñoz Montes, Luigi Maráez) Lola Editorial ha contribuido a revelar las primeras obras de otros poetas también aragoneses que hoy ocupan un lugar destacado en el contexto literario nacional y territorial (Sergio Algora, Ángel Gracia, Miguel Ángel Ortiz Albero, Javier Sanz Becerril, Miguel Ángel Ordovás, Clara L. Montenegro, Fernando Andú, Carlos Bozalongo, Cristina Járboles, Ricardo Díez Pellejero, Jimeno Juárez, Miguel Ángel Longás, Chusé Raúl Usón, José Antonio Conde, Ana Muñoz). Otro de sus objetivos fue poner sus páginas al servicio de la poesía inédita en España como la del checo Josef Kostohryz, el italiano Antonio Sagredo, el francés André Pieyre de Mandiargues, el persa Mohsen Emadí, el estadounidense William Cullen Bryant o la argentina Patricia Boero, además de prestar la necesaria atención a figuras de primer orden como Luis Alberto de Cuenca, Xulio L. Valcárcel, Eugenio Montale, François Villon, Silvya Plath y Paul Valéry. Lola Editorial, junto a Editorial Columna, ha sido la única que ha publicado en España la edición canónica de Monsieur Teste de Valéry y la única que lo ha hecho en castellano. El más riguroso y fundamental estudio de Túa Blesa sobre el novísimo heterodoxo aragonés Ignacio Prat también ha aparecido en su colección "Cantárida". Lola Editorial ha dado cauce a las voces poéticas de tres internos de la prisión de Daroca: Pedro Betancur, Jordi Fernández Tordera y José Martín Rufete. Por fin, la etapa más característica (1972-1992) del local de la bohemia zaragozana por excelencia (el "Bonanza") fue descrito también en un trabajo de Manuel Lampre aparecido en la colección "Cantárida".
Desde hace ya diez años, Lola Editorial ha optado por seguir una línea underground y autogestionada, sin planes ni previsiones, haciendo simples escaramuzas. Alfredo Saldaña, Mariano Castro y yo mismo andamos en ello.
Algunos voceras han irrumpido anónimamente con sus comentarios en este blog aduciendo, entre otras cosas, que yo no he hecho nada por la cultura aragonesa (¡como si tuviera la obligación de hacerlo!); repitieron, con la misma temeraria ignorancia, las palabras de Boileau cuando se preguntaba qué había hecho España por Europa y a sí mismo se respondía: "nada". La diferencia es que Boileau era Boileau, por muy mala leche que tuviera, y esos otros atacados de anonimatosis no sabemos quiénes o qué son. La diferencia es abismal. Recordaré el verso de Claudio Montesinos en un homenaje a Federico García Lorca: "Lorca vive y el que lo mató está muerto"; pues eso: España vive y Boileau está muerto. ¿Qué diremos de aquellos bocazas pasado un tiempo?
Téngase en cuenta que, de los 48 autores que cito más arriba, 29 son aragoneses y lo son también los traductores de Kostohryz, Mandiargues, Valéry, Villon y Bryant.
En próximos posts se anunciará la celebración de este aniversario.

10.12.08

Mariano Castro: "El pájaro y la piedra"




Felicísima noticia la reaparición de Mariano Castro con un título que consuma la excelsa comunión del ser y sus sentidos; mimesis ontológica con lo exterior; canto sensual, aprehensión del mundo por la palabra al dictado de lo vivo; pulsión vital del pensamiento redactado por la inmanencia del poeta.


Estás envuelto en el humo frío
del fuego de los días,

Miras la voz del sol en la ventana.

La transparencia azul,
en tu ojo ciego.

12.9.08

Carta a la adolescencia poética de Mariano Castro




¡Qué asombro! He leído con imperativa calma, querido hermano sin onomástica, clarividente cada día del año (porque ningún santo puede hacerte sombra ni, mucho menos, asombrarte); he leído, digo, tus poemas adolescentes y los he visto atravesar como flechas el firmamento.
Me digo yo que si escribías eso y así con 17, 18, 20... años —Rimbaud redivivo— cuando casi todos estábamos chupando de las ubres del verbum, ya no me asombran tus presentes precipicios (quiero decir, naturalmente, tus honduras).
Siempre pensé que tu ontologismo poético era una renovación del género (y no basta para desmentirlo la acaso cita de quien tú y yo, ahora mismo, sabemos), que debió necesariamente fundarse, allá en sus orígenes, en la ambigua mezcla de la intuición y de la deducción, en una especie de comunión del caos y la razón con resultado de vida, de perfecto equilibrio raciovital y que, por supuesto y consiguiente, otorgaba a tus poemas el extraordinario mérito de su primigenia conquista, pero de su ocupación apasionadamente civilizada, en la que subyace el impulso numínico, el rapto resplandeciente de la palabra como sola divinidad («¿Quién que es no es romántico?», se preguntó Darío, y, hoy, de nuevo il faut posser la question).
Keats levantaba altares a Pomona; tú, Castro, los deshojarías poniendo labios donde hubo pétalos y frutos; la palabra donde tallos y donde el mármol piedra pulimentada por la erosión de los besos, una erosión constructiva. El mérito es hoy mayor porque, advertido el cambio ¿qué ofrenda sería más hermosa? El mérito es hoy mayor porque re-creas lo que fue siempre tuyo, tu conquista, tu calma, tu indudable duda, no actuando el tiempo sino como cerca de constatación, verja de jardín poblada de enredaderas de ojos: los del otro, los de los otros, los tús con sombras y sin ellas, tus invisibles..., pese al amor en la distancia y la proximidad del amor, ya absuelto, pero visible. Esa cerca rodea ontológicamente a su contrario antropológico y, si Platón, Spinoza, Hegel, Heidegger (y, claro, Husserl) lo pueblan, no es menos cierto que la euritmia de semejante construcción reside precisamente en no asfixiar a quien habita el pensil y que no se cansa de repetir: «conócete a ti mismo y deja la Naturaleza a los dioses.» (Jamás tomes la cicuta —ni escuches su rumor— sino en las dosis razonables). Lo que quiero decir es que, al igual que Kant, creo que lo que acabo de decir respecto a tu palabra escrita constituye un juicio —y permíteme la petulancia— apodíctico; es decir, que el atributo (Poesía) proviene necesariamente del sujeto (Tú). Esto es más patente cuando leo tus poemas de los 70 y encuentro en los 90 su fidelísima prolongación, como un espejo de veinte años de largo y toda tu vida de alto. ¿Cómo, entonces, no reiterarlo: el atributo proviene...?
Pero no todo ha de ser cáliz de sophein. Encuentro tan jóvenes afirmaciones que me estremezco, y esta elevada finalidad de tus palabras me devuelve a la vida y a quienes me miran con los ojos del tiempo, porque el hombre es esto: ser y humano (ontós y anthropós); no puede ser de otra manera para verse y ser visto viendo. Cada trayecto, cada paso sobre él es un parión que señala gradualmente nuestra asfixia, huellas indelebles de nuestro crecimiento verbal y de nuestra mengua en la vulgaridad. Eres tú uno de esos seres que nos lo muestra y nos enseña a conocerlo. Sin embargo, siempre hay unos labios en los que respirar, pese a Cernuda y a la muerte (a quienes tanto quiero). Lo advierto, sí, y lo veo cuando miro hacia atrás y, más adelante, intuyo su certeza.
Que tan jovencísimos versos digan de tu crecido presente tensa cronológicamente el arco del futuro donde —de nuevo— apunta la flecha al espacio dispuesta para —decía Yupanqui— «llenarse de sol» desde el instante mismo en que la azote el rayo. «Dónde la flecha cayó» —proseguía Atahualpa, sin desvelarlo— tal vez fuera un mar, o lo desconocido, lugar incógnito —acaso olvido que se recuerda en blanco—, abismo de la nada, o el norte más extremo; cualquier lugar sería bueno si fuera por ti elegido, aun al azar, pues siempre acertaría la palabra, incluso la imprecisa, señalando un cuerpo, hiriéndolo —cicatriz—, con la precisión incontestable del albur, lenguaje que fecunda la herida abierta, estigma pero signo de la palabra sin duda, instante de iluminación y —nuevamente— asombro. Suena la música. Sueña la música.
Gracias, amigo (por tu juventud y por tu vejez).