19.5.08

Setmana Poesía. Barcelona

O. dice que os diga de lo que ocurrió dentro de lo que encierra el epígrafe. Pensaba hacerlo, más adelante, porque llevo unos días algo ocupadico con cosicas que me roban mucho tiempo. Pero quién se resiste a una solicitud de Octavio Augusto, siempre él tan solícito.

00,01 horas del día 17 de mayo. Palau de la Virreina, en la Rambla. Lleno a tope. Nos recibe David Castillo (organizador sabio y -lo digo de verdad- excelente poeta del drama y de la ironía juntos, en un todo uniforme y armónico: lo que Valle-Inclán habría bautizado como esperpento y que, con ese valor insigne, no ha prosperado en nuestras catálogo léxico, sino con otro, con el que se asocia a la vulgaridad del simple guiñol sin carne ni alma ni nada; pero qué se le va a hacer). Decía que nos recibió David Castillo (editor también de las memorias de Pepín Bello, con quien conversó largas horas) y, junto a Guinda y yo mismo, estuvieron Pep Blay, Antonio Orihuela y Vicente Muñoz. Ángel fue breve, aunque espectacular con su cabeza llena de olas, peces abisales, escollos y tesoros que sólo es posible encontrar en el cofre de su mollera; estuvo, además, contundente, desencajado, y, más, en Barcelona, donde todo desencaja de lo encajado que sus instituciones quieren que esté todo: ¡fuera mendigos! (y les encharcan a manguerazo limpio los bancos y los dinteles); ¡fuera putas! (y a escobazos las meten debajo de las camas); ¡fuera skaters! (y un mosso d'esquadra en cada plaza); ¡fuera todo! Lo único que queremos son guiris con digitales que se dejen la pasta aunque se meen en el gótico y apesten sus callejones.
Pep Blay nos situó en una histriónica función dadaísta que no estuvo nada mal; Vicente Muñoz se mostró grave, lírico, pero en exceso descriptivo, exacerbadamente narrativo, deslizando un yo sincero pero perdido en la imagen obvia (desde luego, ningún enemigo mayor de Valéry como Vicente Muñoz, que es una excelente persona). Antonio Orihuela leyó un poema extensísimo, excelso, magnífico, a manera de testamento que nos envolvió de referencias coetáneas y que resultó al final el resumen de una vida experimentada.
Me citaré diciendo que no desaproveché la ocasión de saludar en catalán ("Bona nit") y añadir que "ojalá el trasvase de lenguas de esta noche resulte todo lo armónico que las bocas saciadas de palabras sean capaces de ofrecer a los oídos sedientos de un público inteligente".
Luego, Ángel y yo nos fuimos de copas a la Plaza Reial con Leónidas Martín (de Zaragoza), Paulina (de Buenos Aires), Amador Savater (de Madrid), a quien, siendo niño, tuve entre mis brazos (su madre es de Molina) después de haber pintado con un rotulador todas la paredes de la habitación donde -presumíamos- dormía plácidamente.
En fin, no llegaron a tiempo nuestra querida Anja Steidinger (de Hamburgo), aunque la vi el sábado, ni su novio Juan (de Buenos Aires), y lo lamentaron muy sinceramente. Horas antes, estuvimos con Ferrán y Ángela, que también se acercaron al Palau, y Ferrán le regaló a Ángel un Zippo recargable grabado con sus iniciales; a mi, me regaló (gracias, Ferrán) un Clipper de acero también recargable. Regalos ya, por cierto, poco comunes después de lo antipático que resulta esto del fumaque. Ángel tuvo algún que otro problema con el doble ascensor del hotel Jazz: cada vez que lo llamaba, se la abría la puerta contraria a la que esperaba (una paranormalia de esas, pensó él). Desayunamos opíparamente en el buffet libre muy bien dotado del Jazz y, más tarde, nos dimos una vueltecica por los alrededores riéndonos sin parar, hasta que Ángel, el sábado, tomó un taxi para la estación. Yo me quedé en Barna hasta el domingo; no salí apenas de la casa de la calle Sant Sever (la casa de Leónidas). ¿Para qué? Barcelona me abduce. Leí sin parar poemas de Luis Alberto de Cuenca y de Oliverio Girondo, todo el día. En el AVE de vuelta, un tipo juraba como endemoniado por el móvil: supe por sus baladros que el Zaragoza se había ido a segunda.