26.5.08

Sin libertad de impresión no hay libertad de expresión

Pego aquí el artículo de Leónidas Martín Saura. No tiene desperdicio.

¿Esconde el fenómeno Chiquilicuatre, algo más que humor y cinismo?, ¿podemos encontrar en la votación popular que le elegió como representante de España en Eurovisión, algún signo de un maltestar compartido?. Recién salido del horno, aquí os dejo este texto a ver qué os parece.

Chiki Chiki, esto es lo que hay.

Leónidas Martín Saura

“Estoy muy agradecido a España, que ha demostrado que tiene sentido del humor. Lo haré lo más dignamente posible”.

Estas fueron las primeras palabras emitidas por Rodolfo Chiquilicuatre al conocerse el resultado del escrutinio que le convertía en representante máximo de todos los españoles ante Eurovisión. Pero, ¿es humor, realmente, lo que España demostró con aquella votación popular?.

Hace 40 años, un mes antes de mayo del 68, Massiel y su La, la, la se alzaban con la única victoria en solitario de TVE en Eurovisión. Al parecer, por aquel entonces, Alemania andaba promoviendo por la Europa de esos días la patente del sistema PAL para las emisiones televisivas en color, este asunto la enfrentaba encarnizadamente con el sistema francés SECAM; como todos saben, el sistema alemán salió vencedor de aquella disputa y, según defienden muchos a día de hoy, la edición de Eurovisión de aquél año tuvo mucho que ver en todo ello. El Estado alemán, al parecer, se ganó al gobierno español, que en última instancia era quien iba a decidir a qué sistema se adscribiría TVE, otorgándole seis decisivos votos finales a la canción española; de este modo Massiel resultó triunfadora. Manuel Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, ofreció todas las facilidades para la implantación del sistema de color PAL, y todos los españoles comenzamos a disfrutar –y a sufrir- la televisión en color. Jesús Álvarez, presentador de aquél programa de Eurovisión en Prado del Rey, pasó a la historia por resumir aquella noche con la siguiente frase: “España y los españoles somos así”. Pero, ¿es así como somos los españoles, realmente?

Hace apenas unas semanas, tras conocerse el resultado de la votación, y diese comienzo el baile del Chiki-Chiki, Eva Cebrián, co-directora de la Academia de Artistas y responsable de dirección de algunos programas de Televisión Española, intervino en diferentes medios de comunicación destacando la transparencia del innovador sistema de elección (mediante el envío de sms y la participación popular en la red social myspace) que “ha sabido romper -añadió- con la indiferencia y el desinterés que había ante el Festival”. Pero, ¿realmente ha roto con la inferencia esta votación, o lo que ha hecho, precisamente, es mostrarla?

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De ser una especie de institución en la que, al parecer, se movían cuestiones de Estado, Eurovisión ha pasado en cuarenta años a convertirse en un escenario donde lo único que parece moverse es el malestar que nos produce sabernos colaboradores de una representación que ya no nos representa. Parece como si el seguir condenados a escoger en un mundo donde ya no existen alternativas, nos hiciera sentir que todo es posible y que, a la vez, nada podemos hacer. Así se explicaría, quizá, ese disfrute y esa rabia que parecen acompañar a cada uno de nuestros gestos que, cada vez con más intensidad, cada vez más a menudo, realizamos siempre que nuestra vida nos lo permite. ¿Es éste, quizá, el sentido del humor al que hacía referencia Rodolfo Chiquilicuatre?. Nunca una época ha estado tan dispuesta a soportarlo todo (sirva el Chiki-Chiki como ejemplo) y a la vez a encontrar todo tan intolerable (sirva, también, el Chiki-Chiki como ejemplo). Sin embargo, hasta el momento, no somos capaces de ir más allá; nuestra acción se ve reducida sistemáticamente a participar de una comunicación que ya no puede revelar nada más que la comunicabilidad misma, o, dicho de otra manera, una comunicación que tan sólo acierta a revelar la obviedad del mundo: esto es lo que hay, y punto.
Ya no creemos en identidades (¿alguien puede identificarse con un adefesio como el Chiquilicuatre?), ni tampoco parece que tengamos un horizonte que alcanzar (¿ganar Eurovisión?, ¿a quién le importa eso?). Las decisiones “importantes”, las grandes decisiones, esas que están relacionadas con los temas sociales globales, nadie sabe bien dónde, ni cómo, ni tan siquiera quiénes las toman. Lo que tenemos claro es que nosotros, esa “mayoría comprometida” que vota cada cuatro años, tal y como rezan los mandamientos democráticos contemporáneos, no somos en absoluto los que decidimos nada. Parece que nos estamos dando cuenta poco a poco de que somos tan sólo nodos de una red transparente en la que no existe otra opción que la de colaborar en la representación, una representación en la que, como digo, ya no nos reflejamos. La elección nihilista del Chiquilicuatre, así como la elección de castigar al partido popular por sus mentiras y engaños sobre la guerra de Irak hace ahora cuatro años, señala un espacio de actuación puntual, viral y contagioso, donde lo único que acertamos a mostrar, de momento, es el cierre de nuestras propias posibilidades y lo hartos que estamos.

Para castigar a Aznar y a su gobierno por la guerra de Irak y por el triste atentado del 11M, y por su manipulación mediática, tan sólo nos quedó la posibilidad de votar a otro; el PSOE era el que teníamos más a mano, que, por supuesto, no nos representaba tampoco, ni falta que nos hacía. No es eso lo que perseguíamos, se trataba tan sólo de un gesto de hastío e indignación dentro de un marco que nosotros no habíamos elegido, pero que era el único que en esos momentos teníamos a nuestro alcance: las elecciones generales, depositar el voto en las urnas.
En este sentido, la elección del Chiquilicuatre sería más de lo mismo: tan sólo un gesto que realizamos dentro de un marco que no hemos elegido. Todo el mundo sabe que Buenafuente y su equipo de colaboradores son los que han creado este producto; son, por lo tanto, los que sacan y sacarán provecho de él, pero al encontrarse a disposición de todo el mundo no hemos podido, ni hemos querido, evitar la tentación de realizar otro gesto más con la única intención de que lo irrepresentable exista y, si puede, cree comunidad, esa comunidad formada por todos nosotros que, sin tener poder para decidir nada, no dejamos pasar ninguna oportunidad -tenga la forma que tenga- para expresar algo muy sencillo y que al parecer está en la cabeza de todos: ya no nos creemos nada, y no queremos que la vida, nuestras vidas, sea esto, queremos otra cosa.
El próximo día 24 de mayo, si Chiquilicuatre gana el concurso de Eurovisión, Buenafuente y sus secuaces ganarán mucho dinero y se habrán salido con suya, y nosotros nos alegraremos también, ya que sabremos que la victoria, lo que realmente se ha ganado, no es Eurovisión ni mucho menos. Si, por el contrario, ese día Chiquilicuatre pierde, nosotros no perderemos nada, porque nosotros, todos nosotros, los mismos que hemos votado a Chiquilicuatre, y votamos contra las mentiras de Aznar, no tenemos ya nada que perder. Así que ustedes no se asusten si un día, además de mostrar nuestra indiferencia y desprecio por las opciones de participación social que encontramos a nuestro alcance, logramos, además, provocar, en este marco cerrado de posibilidades, una apertura inusitada. Mientras ese día llega, bailen el Chiki-Chiki, bailen el Chiki-Chiki.