22.5.08

Carta a Ana Muñoz a propósito


Bueno, Ana querida:

Mi impresión no ha cambiado respecto a la lectura de tu Carpe noctem del otro día, y sigue pareciéndome que el dramatismo y la queja de las palabras del poema se encuentran más acá incluso de la hipotética intencionalidad del texto. Quiero decir que están dentro, como la epidermis, más acá, por tanto, de lo superficial, de lo aparente. Más que parecer o estar, esas palabras “son”, transitan vivas y han sido capaces de armonizar una ―dicha en su sentido etimológico― sensualidad descarnada con una base ontológica, adherida al ser. Me parece a mí así, Ana. Y estoy completamente convencido de que sólo con ese fundamento ontológico es capaz la poesía de trascender el ámbito de lo privado, de lo personal, de lo estrictamente lírico cuando se ocupa sólo de rellenar el saco de lo anecdótico (por ejemplo, cuando la poesía se inclina hacia un qué sé yo de ficticio, hacia una desmesurada porción de tramoya trágica que la distancia de sus escenarios, como hacen tantos poetas hoy). Por eso tiene sumo valor tu poema en los dos sentidos: osado y valioso. Contenido que me seduce abiertamente, se pueden decir cosas hermosísimas. Por ejemplo, que seas capaz de transformar la capitulación antropológica de la mujer en una reivindicación humana, con todo el peso que este término aún conserva; que hayas hecho de su cuerpo magia alquímica y extraído de la modestia (como así hizo el Paracelso de Borges) oro donde sólo había cenizas; o, mejor ―para ser más fieles al propio Paracelso―, rosas de lo que eran cenizas; que hayas conseguido “formalizar” en imágenes poco comunes la severidad de un ejercicio que nada tiene de lúdico, como dice el estándar analfabeto, y sí mucho de dolor personal izado a esas sinécdoques continuadas que vuelan por encima del simple hedonismo de la noche. Puras alegorías otras veces que desdicen cualquier oratoria de la carne para convertirse en espíritu auténtico, el espíritu del padecimiento, sobre el que llamar la atención no es nada gratuito; antes al contrario, siempre supone un desagarro cuando se está sinceramente dispuesto a ello. En cambio, si tomara como buena otra lectura, todavía sería subrayable esa condición femenina de la generosidad cuando la mujer, hecha bruja o ángel, con sexo o sin él, por tanto, aún dispone de la fuerza suficiente para hacer de la claudicación una práctica humana; más que humana, teñida de la empatía existencial cuyo prototipo fue aquella Candy nórdica haciendo del derecho natural, del instinto, un tesoro que ofrecer al hombre indigente, sólo revelado y entregado al hombre marginal, al desahuciado.

Nota, pues, para ambas perspectivas. Y alta.

Felicidades, Ana.