22.5.08

22 de mayo de 2008

Las cenas dan para mucho y toman para más. Ayer, día 22, fue mi segunda incorporación a ese grupo de maleantes (Gualteros o Archipoetas de Kölhn) con faca y talega que se echan a la garganta palabras entre vino (con gaseosa) en un escenario costumbrista que nos pone (a mí, al menos, me pone) a partir un piñón con el mesonero (Romanos) marginando a “Fígaro” y alanceando con grandes carcajadas toda buena costumbre que por ese lugar se entrevera al gusto de una moral dispuesta en las mesas para ser vista y comida al goliárdico modo. Pero también pudiera ser una réplica de aquel Fornos en el que “Fígaro” tenía su silla siempre reservada y a quien se le dirigía la palabra entre la fantasmagoría del humo y el mantel a manera de sábana habillando toda la figura del pequeño “Duende Satírico del Día” (cierto, no obstante, que a la mesa estaba un Larra serrano a quien no se le cayó la Z en toda la noche). Teníamos también a nuestras “Colombines” (una estaba sentada a mi derecha), inventoras de la gracia, y es que, entre trago y bocado, bullían las greguerías espontáneas (“la luna es un lunar en la mejilla de la noche”; “las islas son las pecas del mar”) y deambulaban por debajo de la mesa las fées desbaratando tobillos y ajustando los calcetines a la tibia, pues había un qué sé yo de juego peronéico que consistía en darse patadas. Por encima; encima de la mesa, manipulaba el anagrama de su apellido un ángel paranoico con quien me hermané en semejante diagnosis dándonos unas palizas de órdago entre algoritmos y algorilas, motos y energúmenos: poseídos por el demonio, en efecto, fue creciendo la gresca a base de puñetazos anglos y de bateadores nazis mientras nuestra única queja era la carcajada pasota o el gesto punk de la circunspección. ¡Toma vino!, y estuvimos dándole caña al mono de la anécdota marica. A alguno se le fue la lentilla con los canguros. En esos antípodas de Georgetown, donde los zaragozanos tocan con sus suelas las suelas de los zapatos aborígenes, encontramos pretextos creacionistas para largarnos de viaje (en un avioncillo de hélice que Carmen fleta muy a propósito y gustosamente) a Frankfurt, pasando por Benasque y Londres y aterrizando en un calabozo donde a alguien (y dale con que la abuela fuma) le volvió a currar a base de bien el famoso “Policía Ye-Yé”.
En esto se andaba, entre quesillos y tiramisúes, flanes onanistas y sobrevolando la mesa las poderosas alas de los milianos negros; con amorfía pastelera cuya apelación macedónica recibió un tajante NO; una morfología silenciosa aderezada con cambios bruscos de última hora en la elección de los paladares que llevaron a Dirgni a darle la vuelta al guante y pedirse un flan onanizado ante el complaciente asombro del Olmo regado con Zitro(n) que tenía a su lado. Más al fondo, una mirada aseverativa rescindía su contrato con la gravedad y reía, reía. Cilindros, entre tanto, y conos (conos, digo, no otra cosa) abducían los pulmones de los monos, lo más parecido a la bestia sin que lo parezca.
En fin, que la peña se portó bien, pero salió caliente.

4 comentarios:

Miguel Ángel dijo...

Bien, Maestro, bien...Mañana nos amplías la mollera poética entre verso contundente y risa estentórea ante un gintonic azul...Abrazos.

Manuel Martínez Forega dijo...

Allí te espero, mi querido Miguel Ángel; en el rincón.

Anónimo dijo...

Como siempre,
la risa es la verdadera poesía
sea con vino, gaseosa o agua de colonia para superar las jornadas maratonianas.
abrazos maestro
o

Manuel Martínez Forega dijo...

Qué razón tienes, O. ¡Viva la risa, la poesía y los coloniales!
Abrazos.