1.10.08

Natura



Ha recordado el alma, he avivado el seso y despertado: he vuelto del coma y con el pie quebrado, el que acabo de poner en esta Zaragoza arrendataria de prosas.
Vuelvo tras haber contemplado cada mañana el sol disperso en mi mesa de cristal polarizando la luz como un diamante y disfrutado cada noche de la compañía alerta de los perros. Entre el alba y la luna, he mirado al oeste, he visto los farallones que hiende el Tajo con su transparencia abismal encenderse como gigantescas ignitas a las que los buitres les prestaban sus alas, y las algas del río Gallo peinadas por el carmenador de sus aguas. He visto a las truchas emerger de los fondos como fantasmas devoradores, vestidas con el traje que las distingue y a las que ni Galiano, ni Del Pozo, ni Armani han echado una ojeada. He visto a la víbora en la zarza, a la ardilla en la copa, al petirrojo en la laguna, a la nutria besando la corteza de los álamos. He oído al venado berrear pidiendo guerra por un coito; al pollo del buitre escandalizar el aire; el graznido agónico de la corneja presa en las garras metálicas del milano. Me ha bañado el sol y el agua. Me he vestido de noche oscura, como Juan de la Cruz; he sellado mi torre como Montaigne; he gobernado mi república como Goethe; he bajado a la cueva como Erdöss y derramado cántaros de soledad como Spinoza y Góngora.
A lo lejos, hacia el sur y hacia el norte, nombres hermosos: Valhermoso, Salinas, Poveda, Taravilla, Peñalén, Cabrillas, Torete, Las Rochas, Cuevas Labradas, Huertapelayo, Montesinos, Cobeta...
Quiero volver allí.