9.10.08

Aldabonazo


Ayer asistí a un hecho que sólo recordaba mi memoria infantil. Llamaron a mi puerta; abrí. Un señor de unos 60 años, austera, pero dignamente vestido, como dignas fueron sus palabras y el valor de pronunciarlas, mirándome con franqueza a los ojos, disculpándose a la vez, pronunció una frase que martillea el corazón y la conciencia: "vengo a pedir; tengo grandes dificultades y ninguna posibilidad, salvo ésta, de superarlas". Educado, escueto y sincero. Sólo sus manos entrelazadas por delante, a la altura del vientre, mostraban cierta sumisión incómoda haciendo presa en su rubor.
Con diez, once, doce años, recuerdo la relativa frecuencia con que las puertas de los pisos de la calle Lausana, 3, donde viví, se abrían para atender a la pobreza. No parece haber cambiado nada. Entonces, abría mi madre la puerta; ayer la abrí yo. Han pasado cuarenta años para llegar otra vez a la conclusión de que una de las tradiciones sociales más arraigadas es la pobreza. Se sostiene contra el viento y marea de los grandes capitales y de las grandes fortunas en una sociedad que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres; más débiles a los débiles y más fuertes a los entrenados espuriamente.
Ahora dicen que los bancos las están pasando canutas. Los bancos, cuya avaricia les ha roto el saco y que delinquen por hábito, tienen en el Estado el pecio (no el precio) donde agarrarse flotando sobre los impuestos de los trabajadores. Yo digo, como el proverbio, que "más tiene el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece". Pero éste sólo puede lograrlo, y milagrosamente, jugando a la Primitiva.
¿Cuándo se van a gravar severamente las plusvalías que obtienen las petroleras con la fluctuación del precio del crudo? ¿Cuándo se van a sancionar de un puñetera vez los cobros irregulares de las operadoras telefónicas y sus prácticas delictivas? ¿Cuándo se va a meter en la cárcel a todos esos ejecutivos chorizos que tienen hasta siete sumarios judiciales abiertos y todavía presiden consejos de administración de entidades con brutales beneficios?
Comprenderíamos perfectamente que aquel señor que llamó a mi puerta, en el grado extremo de su indigencia, descalabrara una noche la luna del escaparate de cualquier comercio para llevarse a la boca una barra de pan, una manzana, una paletilla de serrano, un abrigo para regatear este invierno al cierzo que cala hasta los huesos... Al día siguiente, estaría en chirona. Seguro que esa estúpida y perversa moral que nos dicta la "razón de Estado" nos convencería de la pertinencia de su prisión. Y aquí no habría pasado nada.

2 comentarios:

Miguel Ángel Y. dijo...

Es una hermosa reflexión hecha con el corazón, Manuel. Pero, seguro, que no "nos" van a entender...Ellos se lo pierden. Acabarán enterrados en sus cuentas corrientes y con el corazón de caja registradora pudriéndose en el olvido.Abrazos.

Manuel Martínez Forega dijo...

Así será, desafortunadamente. Yo me pregunto con más frecuencia cada vez ¿qué tendrá que pasar para que salgamos de una vez por todas a la calle? Estas cosas siempre se han ganado en la calle, Miguel Ángel; tú lo sabes y lo sabemos miles. ¿Qué adormidera, qué embeleso nos han dado?
Hay respuestas para estas preguntas, claro.
Un abrazo.