12.2.09

Dos poemas macedónicos


Risto Jacev sentado en las escaleras de entrada al Kolej Kajetánka, en el barrio praguense de Brevnov, en agosto de 1983.



Encontré por fin aquel número de la revista universitaria Gaudeamus (ver post aqui, líneas 8-19) donde comentaba un antiguo encuentro en Praga con un poeta de Macedonia. Transcribo aquí el comentario y los poemas traducidos con la heterodoxia que imponían las circunstancias. Me pregunto ahora qué habrá sido de él, depués de la trágica postatomización de la antigua Yugoslavia.

Durante mi estancia en Praga en el verano de 1983, tuve la oportunidad de conocer a Risto Jacev, una de las personas más alegres y divertidas que he conocido. Muy aficionado a la juerga, cada noche nos regaba a todos con aguardiente de patata. En sus fiestas, que constituían un rito literario con macedónica liturgia, entre otras muchas cosas predominaban siempre las conversaciones sobre teatro y poesía. Poeta él mismo, gran conocedor además de nuestra literatura, poseía una notable y versátil obra: once títulos de poesía, dos antologías de sus poemas, dos ensayos sobre técnicas dramáticas y una novela. Traducido a diecisiete idiomas (alemán, francés, inglés, ruso, árabe ... ), Jacev seguía por entonces, sin embargo, vetado en Grecia. Vivía en Skopje y ejercía la crítica literaria en la RTV de la antigua Yugoslavia y era director de los programas que sobre cultura europea emitía la TV de su país. Ésta es la primera aparición de Risto Jacev ante los lectores españoles. Nacido el 15 de mayo de 1942 en Rodevo, barrio de la ciudad de Voden en la entonces Macedonia griega, su padre, abad ortodoxo íntimamente ligado a los sectores progresistas que trabajaban por la independencia de Macedonia, cambió los hábitos por las armas y sirvió, primero, como soldado griego (reclutado) con destino en Albania; más tarde, con ocasión de la guerra civil albanesa, apoyaría de nuevo la causa macedónica. Pero habría que esperar a la guerra civil griega para que la conflictiva patria de Alejandro se constituyera definitivamente en una de las seis repúblicas que componían la ex-Yugoslavia. Será durante este período cuando la incipiente memoria de Risto, a la sazón de seis años de edad, recogerá las trágicas experiencias de la guerra, principal motivo inspirador de su poesía (2). Una poesía narrativa y descriptiva constantemente evocadora del drama que alteró el bucolismo y la calma de una infancia campesina (a consecuencia de la guerra su familia se trasladó a una granja que posteriormente incendiaría el ejército griego; en esa ocasión vería arder, atadas de pies y manos, a treinta y una personas). Vida casi inconsciente aún, pero capaz de fijar para siempre las imágenes del horror y el infortunio que ahora reviven con fuerza sus versos restituyendo la enérgica memoria un paisaje recordado tras el velo del tiempo, mas no por ello menos sentido: trágico, vívido, visceral y humano. En el que la naturaleza asesinada vindica un lugar para las voces del dolor y de las víctimas.

El bosque en llamas

Murmuran amargas las semillas.
Una a una las noches se multiplican.
Escucho a mi alrededor la música
que brota de una flor terrestre.
De la misma manera
se derrama el pasado
en púrpura humareda: en los bosques sin vida
quedaré atrapado.
Gimen con fuerza las brujas
cuando mi llanto es quizá más dulce que la fuente.
Esto es un sueño eterno:
el bosque en llamas,
la muerte de mí enamorada.
El día surge henchido de atezados cadáveres,
solos, sin mí, que duermo
oculto convertido en llama.


Arapka

Quise narrar aquella noche
el día que nos separaron
de nuestras madres,
pero no había nadie
que escuchara...
De manera extraña
alguien devoraba el hígado
del hijo de Arapka.
Y la noche que su hermano quiso acariciarla,
ella retiró la cabeza.
Yo la oía en la noche
respirar su dolor;
la lengua roja avanzando
como un fuego extendiéndose por el prado.
Y el umbral de la noche ingería
la oxidada argolla que rodeaba su cuello,
el grito que se extiende
lejano en el fenal.
Buscaba en las flores del estío
al hijo arrebatado.
Pero hacía tiempo que corría
sobre la tierra dulce.
Era la noche como un pájaro negro
entre un rebaño de estrellas,
con su ojo semejante a la luna de otoño.
Oh, Arapka hundió su mirada
en los campos,
en el arroyo profundo,
sobre el molino,
v. abrasada como la hierba
por las brumas estivales,
buscaba a su hijo en las caballerizas,
en sí misma,
en sus párpados,
y cuando al fin sepa
que ya no existe,
se arrastrará confusamente
de rodillas
hasta el día
en que sus ojos nimbados,
dulces y en silencio,
desprendan cristales gruesos.
La noche ...
Me parece todavía sentir
su mirada y sé:
ni la tierra verde,
ni el trébol
que fulge bajo el rocío transparente,
ni el río que murmura,
ni el toro
que la mira con ojos extraños,
no, nadie,
nadie turbará en Arapka el dolor
del ternero que la acariciaba,
nadie del hijo que en su sueño inalterable
la acogía.

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