15.3.08

Emoción

M. Martínez Forega
¿Todavía la emoción poética se encuentra encerrada en el prejuicioso globo rosa de la cursilería? ¿Hemos tomado tanta distancia que la palabra poética no representa ya nada afecto a la gran metáfora que guarda el corazón?
Acabo de ver llorar a un poeta; lo he visto, repito, y lo he escuchado entrecortarse cuando trataba de definir lo que para él representaba la poesía. No pudo definirlo, pero bastó para todos la prueba manifiesta de su emoción que yo aplaudo entusiásticamente.
La modestia en su grado de infinitud adquiere a veces esa forma comunicativa en que la glotis se cierra inexorablemente a la expresión y dejan de ser necesarias las imágenes verbales, las figuras representativas, los modelos de la retórica, el paradigma preceptivo. Así es: aquella modestia, aquella que parece haber desaparecido de la carrera por la megalomanía y la autocomplacencia virtuosa en el manejo de un lenguaje complejo que dista mucho hoy de ser eso precisamente, virtuoso. En el maremágnum de las formas se nos olvida que el narcisismo no ha perdido un ápice de su adolescencia incluso en la poesía más madura, más madura en edad, quiero decir. El árbol gigantesco de la arrogancia nos impide ver con claridad el prado de la emoción, el arroyo del ánimo aterido, el manantial de la herida consustancial a la poesía, y sólo al azar —bienvenido azar— la vida ofrece los escasísimos frutos de un poeta henchido de lágrimas y halando empujado por los vientos de la incredulidad y la estupefacción de sus oyentes.
Rafael Luna —el poeta— tiene mucho que aprender aún, lo sabe; mucho que dilucidar en su lenguaje; también lo sabe; mucho que corregir; y también lo sabe. Pero tal vez no sepa que tiene mucho que enseñarnos todavía. En su caverna púrpura (llamaba El Hafiz al corazón) arden inagotables los leños de la raíz humana distintiva, descansa en él la carimba con la que estigmatizar la verdad más honda, capaz de contrastar nuestra incredulidad de poetas "aparte". Rafael Luna no habla del árbol, del gato, del agua, del tejado, del culo, del monte.... Es él el árbol, el gato, el tejado, el culo, el monte...; posee, por fin, el don que sólo los dioses concedieron a Proteo y un día, seguro estoy, nos lo dirá con la palabra precisa, la más precisa, porque escribirá con la gramática del corazón, cuyas reglas vamos olvidando poco a poco. Espero que entonces todavía derrame algunas lágrimas tan subversivas como las de hoy, 15 de marzo de 2008.

5 comentarios:

Fernando Sarría. dijo...

eres un emotivo Manuel...ja,ja,ja..y eso está bien...más la razón del que escribe es tan inexacta como el que lee..escribimos por dolor, pasión, ansía, angustia, soledad, amor, deseo, juego, aburrimiento, desidia, altivez, excreción, disimulo y sobre todo por glotonería por las palabras...casi somos un poco dioses al amparo del relámpago y realmente somos casi todos nada...nada, polvo, verso, una rosa..un diamante..quizás sólo eso o un poco del alcohol que nunca debe abandonarnos..ese del vino que nos deja en el paladar la sensación de la insatisfacción....pero un abrazo grande amigo.

Manuel Martínez Forega dijo...

¿Y qué razón más exacta que la emoción cuando nos faltan, nos quitan o incluso nos sobran las palabras? Fernando: eres la leche, tío, porque tienes razón cuando dices que, siendo nada -como somos- haya todavía quien se autoestigmatice como un dios (¡Oh dios(o)!). Bebamos, bebamos el vino de la brevedad y brindemos por la breve edad, con otro abrazo.

Fernando Sarría dijo...

ja,ja,ja..bebamos un buen gintonic de bombay azul...

Manuel Martínez Forega dijo...

¡Sea! Y bebámoslo en Hawai.

joan dijo...

Estoy realmente emocionado, Manuel ! Un abrazo muy grande.
( Evanescencia de Joan )